Antecedentes: Coleccionismo y creciente interés por los maestros españoles
Desde la antigüedad, los hombres han querido poseer aquellos objetos y obras de arte consideradas de gran valor. Las guerras han ido ligadas durante toda la Historia al saqueo y el expolio de los vencidos. En el contexto de las guerras napoleónicas, este expolio fue una operación sistemática a gran escala, en la que se traficó con obras y patrimonio de todos los países invadidos. Este afán de coleccionismo va íntimamente ligado a un ideal ilustrado, en el que Francia se veía a sí misma como único custodio válido de los tesoros de la humanidad y como centro del mundo: querían crear en el Museo Napoleón (Museo del Louvre) El museo más bello del mundo.
Antes de llegar a este punto, se ha de entender que durante todo el siglo XVIII se popularizó el coleccionismo de obras de arte por parte de nobles y burgueses. Las piezas preferidas son las de los antiguos maestros italianos y flamencos. Surge un nutrido comercio de arte y nuevas profesiones como el experto y el marchante. Junto a italianos y flamencos, en esta época se produce un redescubrimiento de maestros del arte español.
En España, los embajadores venidos de cortes extranjeras y comerciantes mostraban un creciente interés por la pintura española, y no dudaban en hacerse con su propia colección. Así empezaron a ser conocidos y apreciados los pintores de la escuela pictórica española, entre los que cabe destacar al sevillano Bartolomé Esteban Murillo. Ningún otro pintor español había alcanzado mayor fama en vida, ya que sus delicadas pinturas y su naturalismo, encajaron a la perfección con el gusto del público de su tiempo y del de los siglos posteriores. De los pintores barrocos, fue uno de los más elogiados por estudiosos como Juan Agustín Ceán Bermúdez, siendo juzgada su obra bajo la óptica neoclásica, que primaba el clasicismo frente al naturalismo, ésta salió reforzada frente a otros coetáneos. En 1806, Ceán publicó en Cádiz la Carta a un amigo suyo sobre el estilo y gusto en la pintura de la escuela sevillana, dirigida a su amigoMelchor Gaspar de Jovellanos, en el que dedica especial atención a la pintura del artista hispalense dentro de la escuela española.
En las últimas décadas del siglo XVIII la popularidad del maestro barroco en el extranjero era más que evidente. Las colecciones francesas del escultor Edmé Bouchardon, del Duque de Choiseul, del Duque de Tallard y la del Marqués de Vaudreuil contaban con cuadros de Murillo. Entre los años 1770 y 1776 consta la venta de algunas obras de Murillo como Las bodas de Caná, La sagrada Familia o El buen pastor niño y San Juanito, a diversas colecciones francesas e inglesas. Los cónsules ingleses en España no paraban de remitir a su patria cuadros del autor sevillano. Para ilustrar este gusto que desarrollaron los británicos por Murillo, el autor Charles B. Curtis, citado por Francisco Fernández Pardo en su obra Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español dice que: Inglaterra presume de tener 220 cuadros de Murillo, mientras que España solo posee 128, Francia 28, Rusia 24, Alemania 10, Austria-Hungría 6, Italia 6, Estados Unidos 7, Holanda 3, Suecia 2, y 47 se encuentran en paradero desconocido (Fernández Pardo, 2007, p. 62).
La venta de cuadros de maestros españoles se empezaba a masificar y a escapar a cualquier control. La pintura española que antes sólo era apreciada por una minoría, se subastaba y vendía sin tener conciencia muchas veces de su valor. Fue precisamente la moda por parte de extranjeros en adquirir cuadros de Murillo lo que promovió la redacción de la llamada Real Orden de S.M. de 5 de Octubre de 1779 (Fig. 1), prohibiendo la extracción de cuadros de mano de Pintores ya no existentes, para países extranjeros, quizá la primera ley de protección del patrimonio contra el expolio y contrabando promulgada en España. Expedida por conde de Floridablanca por orden del rey Carlos III, esta Real Orden mandaba a las aduanas y fronteras que requisasen todas las pinturas de artistas ya fallecidos que se intentaran sacar del país. Esta orden de protección del patrimonio se completaba con la Real Orden Circular del 16 de octubre de 1779, que prohibía exportar libros, pinturas, manuscritos y antigüedades sin autorización.
Figura 1. Real Orden de S.M. de 5 de Octubre de 1779, prohibiendo la extracción de cuadros de mano de Pintores ya no existentes, para países extranjeros. Primera página. Fuente.
Así pues, llegamos al siglo XIX. Un siglo tortuoso que en sus primeros años dejó a España un panorama devastador. Las tropas napoleónicas entraron en España para quedarse, con el pretexto de la invasión de Portugal, suplantando a toda autoridad local. Lo que iba a ser una maniobra entre aliados, devino en ocupación.
En los años previos a la guerra, el negocio de la especulación artística floreció. En 1801 se volvió a reproducir la ley que sancionaba las exportaciones de los bienes artísticos de artistas muertos, visto el poco o nulo éxito que tuvo en su momento, y que seguía sin tener. Por poner un ejemplo, el pintor y marchante de Madrid, Juan de Aguirre, mantenía contacto con el embajador francés Luciano Bonaparte, al que le vendió más de setenta pinturas, entre ellas La Inmaculada de El Escorial y El descanso de la huída a Egipto, ambos de Murillo, La dama del abanico de Velázquez (Fig. 2) y El Descendimiento de Pedro de Campaña (actualmente en el Museo Fabre de Montpellier). (Méndez Rodríguez, 2017, p. 599).
Figura 2. La Dama del Abanico. Diego Velázquez. Actualmente en el la Colección Wallace, Londres Fuente
En esta época se publicaron ciertos libros cuya intención era mostrar la riqueza del patrimonio español, y que fueron utilizados posteriormente como auténticas guías por muchos generales napoleónicos y demás interesados, para localizar con certeza muchas obras artísticas y planificar su traslado. Estos libros fueron esencialmente tres: Viaje a España de Antonio Ponz (1772-1794), Diccionario Histórico de los más ilustres profesores de Bellas Artes en España de Juan Agustín Ceán Bermúdez (1800) y Viaje artístico a varios pueblos de España de Isidoro Bosarte (1804).
En 1807 se encontraban en territorio español numerosos marchantes de arte extranjeros, interesados en comprar arte español a la estela de las tropas francesas, que les abrían la puerta a nuevas oportunidades de negocio muy ventajosas. Uno de ellos era el pintor y tratante británico George A. Wallis, agente mandado por el comerciante y escritor William Buchanam. Wallis llegó a Madrid justo a tiempo para presenciar el sangriento 2 de mayo de 1808. Por la parte francesa se encontraba el pintor y coleccionista de arte Jean Baptiste Pierre Lebrun, quién redescubrió y admiró a pintores del Barroco andaluz como Zurbarán o el ya mencionado Murillo. Su nombramiento como miembro de la Real Academia de San Carlos en Valencia facilitó mucho su tarea de sacar las obras del país. Recorrió la capital hispalense de la mano de Ceán Bermúdez. El marchante Frédéric Quilliet, afincado en Cádiz desde finales del reinado de Carlos IV, había estado estudiando las colecciones reales en España y también acompañó a Lebrun y Ceán en su viaje por Andalucía. El holandés William Gordon Coesvelt se sabe que se hizo con pinturas para vendérselas al Zar Alejandro I de Rusia.
En 1807 Napoleón decide deponer a la monarquía española, aliada suya hasta el momento, y convierte España en un estado satélite gobernado por su hermano José I Bonaparte. Es en este periodo en el que se produce el mayor éxodo, muchas veces sin retorno, de obras de arte que ha sufrido nuestro país en su historia. Se llevó a cabo la gran diáspora del patrimonio español. Los acontecimientos posteriores, los trataremos con detenimiento en el siguiente artículo.
Crespo Delgado, D. (2018). Murillo en la literatura de la Ilustración. Cuadernos de Ilustración y Romanticismo: Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo XVIII, 24, 557-596. https://doi.org/jz8r
Fernández Pardo, F. (2007). El museo desaparecido. Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español, Tomo V (1808-1814), La Guerra de Independencia. Fundación Universitaria Española.
Gaya Nuño, J. A. (1958). La pintura española fuera de España. Espasa-Calpe.
Hempel Lipschutz, I. (1988). La pintura española y los románticos franceses. Taurus.
Méndez Rodríguez, L. (2017). El gusto por Murillo en el siglo XIX: compras, ventas y tratantes de pintura. En A. E. Pérez Sánchez & F. J. Sánchez Cantonero (Eds.), Coleccionismo, mecenazgo y mercado artístico en España e Iberoamérica: I Congreso Internacional de Jóvenes Investigadores (pp. 588-610). Universidad de Sevilla, Secretariado de Recursos Audiovisuales y Nuevas Tecnologías. https://idus.us.es/handle/11441/90944 Querol, M. A. (2010). Manual de Gestión del Patrimonio Cultural. Akal.
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Background: Collecting and Growing Interest in Spanish Masters
Since ancient times, men have sought to possess objects and works of art considered of great value. Wars have been linked throughout history with the looting and plundering of defeated enemies. In the context of Napoleonic wars, this plunder was a systematic large-scale operation in which artworks and heritage from all invaded countries were traded. This collecting fervor is closely tied to an enlightened ideal, in which France saw itself as the sole valid custodian of humanity's treasures and as the center of the world: they wanted to create in Napoleon's Museum (Louvre Museum) The most beautiful museum in the world.
Before reaching this point, it must be understood that throughout the 18th century, art collecting by nobles and bourgeoisie became popular. The preferred pieces were those of ancient Italian and Flemish masters. A thriving art trade emerged along with new professions such as experts and dealers. Alongside Italians and Flemish, during this period there was a rediscovery of Spanish masters.
In Spain, ambassadors from foreign courts and merchants showed increasing interest in Spanish painting, and did not hesitate to form their own collections. Thus began the recognition and appreciation of painters from the Spanish pictorial school, among whom stands out the Sevillian Bartolomé Esteban Murillo. No other Spanish painter had achieved greater fame during his lifetime, as his delicate paintings and naturalism perfectly matched the taste of his contemporaries and subsequent generations. Among Baroque painters, he was one of the most praised by scholars such as Juan Agustín Ceán Bermúdez, who judged his work under a neoclassical perspective that favored classicism over naturalism, thereby reinforcing it against other contemporaries. In 1806, Ceán published in Cádiz the Letter to a Friend on Style and Taste in Sevillian School Painting, addressed to his friendMelchor Gaspar de Jovellanos, in which he dedicates special attention to the paintings of this Hispalense artist within the Spanish school.
In the last decades of the 18th century, the popularity of the Baroque master abroad was more than evident. The collections of French sculptor Edmé Bouchardon, Duke of Choiseul, Duke of Tallard, and Marquis de Vaudreuil included paintings by Murillo. Between the years 1770 and 1776, some works by Murillo such as The Wedding at Cana, The Holy Family or The Good Shepherd Child and Saint John, were sold to various French and English collections. British consuls in Spain did not stop sending paintings of the Sevillian author back home. To illustrate this taste that developed among the British for Murillo, Charles B. Curtis, cited by Francisco Fernández Pardo in his work The Dispersal and Destruction of Spanish Artistic Heritage, says: England boasts 220 paintings by Murillo, while Spain only has 128, France 28, Russia 24, Germany 10, Austria-Hungary 6, Italy 6, the United States 7, Holland 3, Sweden 2, and 47 are in unknown whereabouts (Fernández Pardo, 2007, p. 62).
The sale of paintings by Spanish masters was beginning to be massified and escape any control. The Spanish painting that was once only appreciated by a minority was auctioned off and sold without often being aware of its value. It was precisely the fashion among foreigners in acquiring Murillo's paintings that prompted the drafting of what is called Real Order of HM of October 5, 1779 (Fig. 1), prohibiting the extraction of paintings by painters no longer alive for foreign countries, perhaps the first law protecting heritage against plundering and smuggling promulgated in Spain. Issued by Count Floridablanca on order of King Charles III, this Real Order mandated customs and border officials to seize all paintings by deceased artists that were being taken out of the country. This protection order was complemented with the Circular Royal Order of October 16, 1779, which prohibited exporting books, paintings, manuscripts, and antiques without authorization.
Figure 1. Real Order of HM of October 5, 1779, prohibiting the extraction of paintings by painters no longer alive for foreign countries. First page. Source.
Thus we arrive at the 19th century. A torturous century that in its early years left Spain a devastated landscape. Napoleon's troops entered Spain to stay, under the pretext of invading Portugal, supplanting all local authority. What was supposed to be an allied maneuver turned into occupation.
In the years leading up to the war, the business of art speculation flourished. In 1801 the law that sanctioned the exportation of artistic goods from deceased artists was reproduced again, seeing little or no success at the time and continuing to lack it. As an example, Madrid painter and dealer Juan de Aguirre maintained contact with French ambassador Luciano Bonaparte, to whom he sold over seventy paintings, including The Immaculate Conception from El Escorial and The Rest on the Flight into Egypt, both by Murillo, The Lady with a Fan by Velázquez (Fig. 2) and The Descent by Pedro de Campaña (currently in the Fabre Museum of Montpellier). (Méndez Rodríguez, 2017, p. 599).
Figure 2. The Lady with a Fan. Diego Velázquez. Currently in the Wallace Collection, London Source
During this period certain books were published whose intention was to show the richness of Spanish heritage, and which were later used as authentic guides by many Napoleonic generals and other interested parties, to locate with certainty many works of art and plan their transfer. These books were essentially three: A Journey to Spain by Antonio Ponz (1772-1794), Diccionario Histórico de los más ilustres profesores de Bellas Artes en España (Historical Dictionary of the Most Illustrious Professors of Fine Arts in Spain) by Juan Agustín Ceán Bermúdez (1800), and An Artistic Journey to Several Towns in Spain by Isidoro Bosarte (1804).
In 1807, numerous foreign art dealers were found in Spanish territory, interested in buying Spanish art following the French troops, which opened up new business opportunities for them. One of these was British painter and dealer George A. Wallis, an agent sent by merchant and writer William Buchanam. Wallis arrived in Madrid just in time to witness the bloody May 2nd, 1808. On the French side was painter and art collector Jean Baptiste Pierre Lebrun, who rediscovered and admired Baroque Andalusian painters such as Zurbarán or the already mentioned Murillo. His appointment as a member of the Royal Academy of San Carlos in Valencia greatly facilitated his task of taking works out of the country. He toured Seville's capital alongside Ceán Bermúdez. The French dealer Frédéric Quilliet, based in Cádiz since the reign of Charles IV, had been studying Spanish royal collections and also accompanied Lebrun and Ceán on their journey through Andalusia. It is known that William Gordon Coesvelt from Holland acquired paintings to sell them to Tsar Alexander I of Russia.
In 1807 Napoleon decided to depose the Spanish monarchy, allied with him until then, and turned Spain into a satellite state governed by his brother Joseph Bonaparte. It was during this period that the greatest exodus of works of art that our country has experienced in its history took place. The great diaspora of Spanish heritage occurred. We will treat subsequent events with more detail in the next article.
Crespo Delgado, D. (2018). Murillo in the literature of the Enlightenment. Cuadernos de Ilustración y Romanticismo: Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo XVIII, 24, 557-596. https://doi.org/jz8r
Fernández Pardo, F. (2007). The Disappeared Museum: The Dispersion and Destruction of Spanish Artistic Heritage, Volume V (1808-1814), The War of Independence. Fundación Universitaria Española.
Gaya Nuño, J. A. (1958). Spanish Painting Outside Spain. Espasa-Calpe.
Hempel Lipschutz, I. (1961).The plundering of works of art in Spain during the War of Independence. Arte Español. Revista de la Sociedad Española de Amigos del Arte.XXIII, 235-271. https://ddd.uab.cat/pub/artespSEAA/artespSEAA_a1961v44t23n3.pdf Hempel Lipschutz, I. (1988). Spanish Painting and French Romantics. Taurus.
Hempel Lipschutz, I. (1988). La pintura española y los románticos franceses. Taurus.
Méndez Rodríguez, L. (2017). The taste for Murillo in the 19th century: purchases, sales and dealers of paintings. In A. E. Pérez Sánchez & F. J. Sánchez Cantonero (Eds.), Collecting, Patronage and Artistic Market in Spain and Iberoamerica: First International Conference of Young Researchers (pp. 588-610). Universidad de Sevilla, Secretariado de Recursos Audiovisuales y Nuevas Tecnologías. https://idus.us.es/handle/11441/90944 Querol, M. A. (2010). Manual of Cultural Heritage Management. Akal.
Moreno Lopez, M. (2023, 13 de marzo). Expolio napoleónico en España (Parte I). ArqueoTimes. https://arqueotimes.com/articulos/expolio-napoleonico-en-espana-parte-i/
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