La muerte se define como un pasaje, como una transición. El ritual funerario es un rito de paso entre dos espacios opuestos, el de la vida y el de la muerte. El difunto es sometido a un proceso de transición, a través de sucesivas transformaciones, para hacer que el espíritu pase de un plano inferior a otro superior, del ámbito subterráneo al celeste, de la categoría de humano a divino.
Thomas (1983: 473)
Introducción
Tranquila jornada de trabajo la que se esperaba en la turbera de Silkeborg (Dinamarca) aquella mañana de mayo de 1950. Nada hacía sospechar que lo que iban a extraer distaba mucho de ser la turba habitual: el cuerpo sin vida de un hombre. Alarmados por lo que parecía un crimen reciente, los trabajadores llamaron a la policía. Cuál sería su sorpresa cuando vieron que el caso fue derivado, no a homicidios, sino al Museo Nacional de Dinamarca (fig. 1). Así vio la luz el llamado Hombre de Tollund, uno de los más de 2.000 cuerpos momificados que han sido hallados desde el siglo XIX en turberas y pantanos de la Europa húmeda.
Éste podría ser el comienzo de una novela, pero nos encontramos ante el relato de cómo fue hallada una de las momias más importantes y mejor conservadas hasta la fecha. Observada, admirada y estudiada, el Hombre de Tollund es una puerta al conocimiento de las poblaciones pasadas, de sus modos de vida, su sistema de creencias y cómo era su relación con la muerte.
Figura 1. Extracción del bloque de turba donde yacía el Hombre de Tollund. Ilustración: Niels Bach para el Museum Silkeborg.
La muerte produce terror, fascinación, curiosidad e interés a partes iguales en el ser humano. La preocupación por la muerte es algo inherente a la naturaleza humana, y cada sociedad se ha enfrentado a ella con las herramientas de las que disponía, provocando que cada cultura tenga como propia una ritualidad funeraria que la hace diferente y única (Martínez Blanco y Pérez Guzmán, 2017: 75).
Bajo el término de «Arqueología de la Muerte», acuñado en los años ochenta del siglo pasado (Chapman et al., 1981), se llevan a cabo los estudios científicos sobre los restos arqueológicos funerarios que han llegado hasta nosotros (Thompson, 2015). Varias disciplinas se unen en trabajos multidisciplinares para poder juntar las piezas que nos permitan, en mayor o menor medida, reconstruir el puzle del pasado. Historia, Arqueología, Antropología Forense, Paleopatología, Paleodemografía, Genética, Palinología, Antracología, Lingüística, Nutrición y un largo etc. se complementan en la Arqueología de la Muerte.
Será precisamente a través de las citadas disciplinas, como nos acerquemos al estudio y comprensión de las momias de turberas y pantanos europeos. Cómo, cuándo, por qué y en qué circunstancias murieron, y qué fenómenos han permitido que aún hoy sigan apareciendo serán preguntas a las que intentemos dar una respuesta clara. Para ello, nos acercaremos a los tipos de momias existentes en el registro arqueológico y cuáles han sido sus procesos de momificación. Prestaremos especial atención a las momias procedentes de los pantanos del continente europeo y por qué se han conservado de una forma tan extraordinaria para, a continuación, estudiar las causas de sus muertes y por qué éstas se produjeron en esas circunstancias.
Tipos de momias
Una momia es un cadáver, bien humano, bien animal. Aquí vamos a centrarnos en las primeras. El cuerpo humano está formado en su mayor parte por agua y, al fallecer se produce la licuefacción, la descomposición de las células en líquidos y gases. Esto es lo que llamamos proceso de descomposición cadavérica (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 26-29). Las bacterias encargadas de la descomposición de los cadáveres necesitan dos cosas para vivir: agua y oxígeno. Cuando alguna de ellas falta, el proceso se hace más lento y puede llegar a detenerse por completo. Así pues, una momia es un cadáver que se ha desecado sin que haya tenido lugar dicho proceso, y que conserva una apariencia física perfectamente reconocible (Parra Ortiz, 2015: 62–64).
Dependiendo de cómo haya sido paralizada la descomposición cadavérica nos podemos encontrar momias naturales o momias artificiales. Hablamos de momias naturales cuando un cuerpo se ha conservado gracias a unas determinadas condiciones ambientales, de forma espontánea, sin que haya intervenido la acción humana (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 30). Decimos que una momia es artificial cuando el cadáver se ha momificado gracias a la intervención humana, llevándose a cabo determinados procesos de embalsamamiento (Trancho, 2012: 249).
Dentro de la categoría de momias naturales, podemos distinguir tres grupos, según el factor que haya intervenido en la momificación:
Momias secas: se produce en zonas áridas, donde la pérdida de agua del organismo es muy rápida, y en áreas donde la temperatura crea unas singulares condiciones ambientales. Zonas como desiertos o cuevas volcánicas son perfectas para que se produzca este tipo de momificación. Como ejemplos de ambas zonas encontramos las primeras momias del valle del Nilo, donde la sequedad y las altas temperaturas del desierto permitieron que los cuerpos enterrados en la arena se preservasen; o las momias andinas de Lluillaillaco (Argentina) (Santa Cruz Javier, 2017: 12), donde en la cima del volcán y a una altura de 6.700 m., se congelaron y deshidrataron (Ceruti, 2018: 126s). En éste último caso se trata de una «momia natural intencional», pues fueron allí depositadas ex profeso y, al estar en posición sedente, se favorecía que los líquidos de la cavidad abdominal migrasen hacia el exterior del cuerpo (Ceruti, 2012: 90s) (fig. 2).
Figura 2. Doncella de Lluillaillaco (1450-1520 cal A.D), una de las tres momias encontradas en la cima del volcán Lluillaillaco, Argentina. Fotografía: Johan Reinhard para National Geographic.
Momias frías: este proceso actuaría como nuestro congelador de casa. La baja temperatura minimiza la acción bacteriana, lo que impide la descomposición. Estas condiciones se dan en cumbres montañosas con nieves perpetuas o en zonas de permafrost, zonas en las que la desecación por sublimación también es posible. Este tipo de momias sólo se preservan en dicho estado mientras las condiciones ambientales se mantengan, pues si se descongelan comenzaría su descomposición (fenómeno conocido como momias «vivas») (Trancho, 2012: 250). En este apartado incluimos a la momia del llamado Hombre del Hielo, Ötzi, hallada en los Alpes en 1991, y cuyo fallecimiento se ha datado 3350-3100 cal BP (VVAA, 2009: 59) (fig. 3 y 4).
Figura 3. La momia de Ötzi (3350-3100 cal BP) en el lugar de su hallazgo. Fotografía: Paul Hanny para National Geographic.
Figura 4. Detalle de los pies de Ötzi (3350-3100 cal BP). Fotografía: Robert Clark para National Geographic.
Momias húmedas: Su conservación ha sido posible gracias a la acidez y la falta de oxígeno de las ciénagas de turba en las que fueron arrojados (fig. 5). En ellas nos centraremos en el siguiente punto.
Figura 5. El Hombre de Tollund (405–380 cal BC). Fotografía: Museum Silkeborg.
Si hablamos de momias artificiales (aquellas en las que ha intervenido intencionalmente el ser humano) el primer ejemplo en el que pensamos es en el de las momias egipcias (fig. 6). Los egipcios, durante milenios, se afanaron en perfeccionar la técnica del embalsamamiento. Aunque fueron muchas las variantes llevadas a cabo, vamos a detallar el tipo de momificación que se realizó durante el Reino Nuevo (1539-1075 a. C.), etapa en la que podemos hablar de edad de oro de la momificación egipcia (Parra Ortiz 2015, 71–74). Por norma general, un embalsamamiento típico tenía una duración total de unos 70 días, durante los cuales se llevaban a cabo un total de 14 pasos:
1. Traslado del difunto hasta una estructura temporal, una especie de jaima, donde el cuerpo era desnudado y lavado (seh-netjer o «cabina divina» cuando se trataba de una persona de la realeza; ibu en hab o «tienda de purificación» cuando se trataba de una persona común).
2. Traslado del cuerpo limpio hasta el taller de los embalsamadores o wabet wat («lugar puro») o per nefer («lugar bello»).
3. Sobre la mesa de operaciones, extracción del cerebro a través de un orificio realizado en el hueso etmoides de la nariz. A veces se utilizaba como acceso el foramen magnum o la cuenca del ojo.
4. Evisceración del cadáver a través de una incisión en el lado izquierdo del abdomen. El corazón se dejaba en su sitio, pues para los egipcios era la sede de la razón.
5. Limpieza y desinfección de la cavidad con agua y vino de palma.
6. Desecación de los órganos extraídos. Se envolvían por separado para después ser introducidos en los vasos canopos.
7. Introducción de material de relleno en el cuerpo para que no perdiera la forma y al mismo tiempo se fuera deshidratando por dentro: paquetes de natrón para secarlo, lino para absorber los líquidos, resina para desinfectar y mirra para dar buen olor.
8. Desecación general del cuerpo, cubriéndolo con natrón sólido, durante 40 días.
9. Sacar el cuerpo del natrón, limpiarlo y vaciarlo de su relleno.
10. Devolver al cadáver un aspecto natural: relleno con resina de la cavidad craneana, y el cuerpo con saquitos de natrón, arena y cebollas.
11. Obturar los orificios de la cabeza y colocar sobre los ojos del difunto una tela con unos ojos dibujados, y maquillaje del difunto.
12. Ungimiento del cuerpo con aceites aromáticos para dar buen aspecto y olor.
13. Impermeabilización del cuerpo con una resina líquida.
14. Vendado.
Figura 6. Momia de Tiye, esposa de Amenhotep III y abuela de Tutankamón, XVIII Dinastía. Fotografía: Kenneth Garrett para National Geographic.
No todo el mundo podía costearse este proceso, por lo que dependiendo del nivel adquisitivo de cada individuo se llevarían a cabo todos los pasos o sólo parte de ellos (fig. 7).
Figura 7. Momia del faraón Seti I (1323-1279 a.C.). Fotografía: G. Elliot Smith.
Momias de los pantanos y turberas
Pocos son los pantanos que reúnen las condiciones necesarias para que un cuerpo sea conservado (Renfrew and Bahn, 2007: 60s). Dichas condiciones son: bajas temperaturas, que como ya hemos apuntado minimizan la acción bacteriana impidiendo la descomposición; ausencia de oxígeno, que ralentiza o paraliza la acción bacteriana postmortem; ácido húmico, sustancia procedente de la muerte de sphagnum (el musgo o moho que vive en los pantanos) tras una serie de procesos químicos, que impide que las bacterias actúen y pudran la piel, lo que da a estas momias su característico color oscuro, como si de cuero curtido se tratara (Pringle, 2002: 103s). (Fig. 8) La conjunción de estos factores permite que el cuerpo se conserve de una manera tan extraordinaria que incluso podemos conocer cuál fue la última comida que ingirieron antes de fallecer. Así pues, no es de extrañar que los trabajadores de aquella turbera danesa confundieran una momia antigua con un crimen reciente. No fue un caso aislado, pues hay registros de iglesias en los que han quedado documentados funerales cristianos de otros cuerpos encontrados en similares circunstancias (Grilletto, 1989: 102).
Figura 8. El Hombre de Neu Versen o «Franz el pelirrojo» (135-385 cal AD). Fotografía: Robert Clark.
Pero ¿por qué se han hallado más de 2.000 cuerpos momificados en pantanos y turberas? Hombres, mujeres y a veces niños han sido encontrados en ellos. Los análisis antropológicos y paleopatológicos de estos cuerpos han determinado que sufrieron muertes violentas. A partir del estudio de las heridas perimortem perimortem y postmortem sabemos que muchos de ellos fueron colgados, desangrados y ahogados. A otros también les rompieron alguna extremidad, o les aplastaron la cabeza. El hombre de Tollund, el hombre de Grauballe, la chica de Windeby (41 cal BP-118 cal AD) (Gebühr, 2002: 47) o el Hombre de Neu Versen (conocido como «Franz el pelirrojo») (135-385 cal AD) (van der Plicht et al., 2004: 483s), son algunos ejemplos con nombre propio de estas violentas muertes (fig. 9).
Figura 9. Chica de Windeby (41cal BP-118 cal AD), hallada en el norte de Alemania en 1952. Fotografía: Stiftung Schleswig-Holsteinische Landesmuseen.
Así, sabemos que el hombre de Tollund (405–380 cal BC) (Nielsen et al., 2018) fue asfixiado al ser colgado de un árbol, pero no se le llegó a romper el cuello (fig. 10). Conserva a su alrededor la trenzada cuerda de dos cabos con la que fue ahorcado. Tuvieron cuidado al depositarlo en el pantano tras su muerte, cerrando sus ojos y su boca, y colocándolo como si estuviese durmiendo (fig. 11). Aún hoy continúa durmiendo plácidamente en su sueño eterno (fig. 12). Al hombre de Grauballe (400-200 cal BC.) le cortaron el cuello de oreja a oreja, un profundo corte que llegó a las vértebras. Además, tiene fracturas craneales y en la tibia izquierda, ocasionadas por golpes con un objeto contundente (Grilletto 1989, 105). También observamos una descalcificación de los huesos, producida por el sphagnan, el ácido húmico y los compuestos transitorios entre ellos, lo que lleva a que los huesos humanos se ablanden, deformándose bajo el peso de la turba (Pringle, 2002: 103s). Podemos apreciarlo sobre todo en su cráneo, deformado por el peso del suelo que le cubría (fig. 13) (Haywood, 2016).
Figura 10. Recreación de la ceremonia en la que el Hombre de Tollund fue colgado. Ilustración: Niels Bach para el Museum Silkeborg.
Por qué murieron y cómo acabaron en estos pantanos y turberas serán cuestiones a responder en próximas publicaciones.
Figura 11. Hombre de Tollund. Detalle de la cuerda con la que fue asfixiado. Fotografía: Lennart Larsen.
Figura 12. Hombre de Tollund. Detalle de la cara. Fotografía: Robert Clark para National Geographic.
Figura 13. Hombre de Grauballe (400-200 cal BC.) recién descubierto. Se aprecia la deformación del cráneo debido a la descalcificación del hueso y al peso de la turba. Fotografía: P.V. Glob.
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Death is defined as a passage, a transition. The funeral ritual is a rite of passage between two opposite spaces, that of life and that of death. The deceased undergoes a process of transition through successive transformations to make the spirit pass from an inferior plane to a superior one, from the subterranean realm to the celestial, from human to divine.
Thomas (1983: 473)
Introduction
A calm day of work was expected in the peat bog of Silkeborg (Denmark) that morning in May 1950. Nothing suggested that what they were about to extract would be far from ordinary turf: a lifeless body of a man. Alarmed by what seemed like a recent crime, the workers called the police. To their surprise, it was sent not to the homicide department but to the National Museum of Denmark (fig. 1). Thus came to light the Tollund Man, one of more than 2,000 well-preserved mummies found since the nineteenth century in peat bogs and swamps across wet Europe.
This could be the beginning of a novel, but we are faced with the story of how one of the most important and well-preserved mummies to date was discovered. Observed, admired, and studied, the Tollund Man is a gateway to knowledge about past populations, their way of life, their belief systems, and their relationship with death.
Figure 1. Extraction of the turf block where the Tollund Man lay. Illustration: Niels Bach for the Museum Silkeborg.
Death produces terror, fascination, curiosity, and interest in equal measure in humans. Concern with death is inherent to human nature, and every society has faced it with the tools at its disposal, resulting in each culture having a unique funerary ritual that sets it apart (Martínez Blanco and Pérez Guzmán, 2017: 75).
Under the term "Archaeology of Death," coined in the eighties of the last century (Chapman et al., 1981), scientific studies are carried out on funerary archaeological remains that have reached us (Thompson, 2015). Several disciplines come together in multidisciplinary works to piece together the puzzle of the past. History, Archaeology, Forensic Anthropology, Paleopathology, Paleodemography, Genetics, Palynology, Anthracology, Linguistics, Nutrition and a long etcetera complement each other in Death Archaeology.
It will be precisely through these disciplines that we approach the study and understanding of European peat bog and swamp mummies. How, when, why, and under what circumstances they died, and which phenomena have allowed them to still appear today will be questions to which we aim to provide clear answers. To do so, we will look at the types of mummies found in archaeological records and their processes of mummification. We will pay special attention to mummies from European swamps and why they have been preserved in such an extraordinary way before studying the causes of their deaths and why these occurred under those circumstances.
Types of Mummies
A mummy is a corpse, either human or animal. Here we will focus on the former. The human body is mostly made up of water and upon death undergoes liquefaction, the decomposition of cells into liquids and gases. This is what we call the process of postmortem decay (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 26-29). The bacteria responsible for decomposing corpses need two things to live: water and oxygen. When either is lacking, the process slows down and can come to a complete halt. Thus, a mummy is a corpse that has dried out without undergoing this process and retains an easily recognizable physical appearance (Parra Ortiz, 2015: 62-64).
Depending on how the postmortem decay process was halted, we can find natural mummies or artificial ones. We speak of natural mummies when a body has been preserved thanks to certain environmental conditions in an spontaneous manner without human intervention (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 30). We say that a mummy is artificial if the corpse was mummified due to human intervention, carrying out specific embalming processes (Trancho, 2012: 249).
Within the category of natural mummies, we can distinguish three groups according to the factor that has intervened in the mummification:
Dry Mummies: This occurs in arid zones where water loss from the body is very rapid and in areas where temperature creates unique environmental conditions. Zones such as deserts or volcanic caves are perfect for this type of mummification to occur. Examples of both include the first mummies of the Nile Valley, where the dryness and high temperatures of the desert allowed bodies buried in the sand to be preserved; or the Andean mummies of Llullaillaco (Argentina) (Santa Cruz Javier, 2017: 12), where at the summit of the volcano and an altitude of 6,700 meters, they froze and dehydrated (Ceruti, 2018: 126s). In this last case it is a "naturally intentional mummy," as they were deposited there intentionally and, being seated, favored that liquids from the abdominal cavity migrated out of the body (Ceruti, 2012: 90s) (fig. 2).
Figure 2. Llullaillaco Maiden (1450-1520 cal A.D), one of the three mummies found at the summit of the volcano Llullaillaco, Argentina. Photograph: Johan Reinhard for National Geographic.
Cold Mummies: This process would act like our home freezer. Low temperatures minimize bacterial action, preventing decomposition. These conditions are found in mountain peaks with perpetual snow or permafrost zones where dehydration by sublimation is also possible. This type of mummy only remains preserved in this state while environmental conditions remain stable; if they thaw, the decomposition process will begin (known as "living" mummies) (Trancho, 2012: 250). In this category we include the so-called Iceman, Ötzi, found in the Alps in 1991, and whose death has been dated to 3350-3100 cal BP (VVAA, 2009: 59) (fig. 3 and 4).
Figure 3. The Ötzi mummy (3350-3100 cal BP) at the site of discovery. Photograph: Paul Hanny for National Geographic.
Figure 4. Detail of Ötzi's feet (3350-3100 cal BP). Photograph: Robert Clark for National Geographic.
Muddy Mummies: Their preservation has been possible thanks to the acidity and lack of oxygen in the peat bogs where they were thrown (fig. 5). In them we will focus on the next point.
Figure 5. The Tollund Man (405–380 cal BC). Photograph: Museum Silkeborg.
If we talk about artificial mummies (those in which humans have intervened intentionally), the first example that comes to mind is the Egyptian mummies (fig. 6). The Egyptians, for millennia, worked on perfecting the art of embalming. Although there were many variants carried out, we will detail the type of mummification that was performed during the New Kingdom (1539-1075 BC), a period in which we can speak of the golden age of Egyptian mummification (Parra Ortiz 2015, 71–74). Generally speaking, a typical embalming process lasted about 70 days and involved a total of 14 steps:
1. Transporting the deceased to a temporary structure, a kind of tent, where the body was stripped and washed (seh-netjer or "divine cabin" when it involved royalty; ibu en hab or "purification tent" for common people).
2. Transporting the clean body to the embalmers' workshop, known as wabet wat ("pure place") or per nefer ("beautiful place").
3. On the operating table, extracting the brain through a hole made in the ethmoid bone of the nose. Sometimes access was via the foramen magnum or the eye socket.
4. Eviscerating the corpse through an incision on the left side of the abdomen. The heart was left in place because it was considered by Egyptians to be the seat of reason.
5. Cleaning and disinfecting the cavity with water and palm wine.
6. Drying out the extracted organs separately before being placed inside canopic jars.
7. Introducing material for stuffing the body so that it did not lose its shape while also drying from within: packets of natron to dry, linen to absorb liquids, resin to disinfect and myrrh to give a pleasant scent.
8. General desiccation of the body by covering it with solid natron, for 40 days.
9. Removing the body from the natron, cleaning it, and emptying its stuffing.
10. Restoring the corpse's natural appearance: filling the cranial cavity with resin, and the body with packets of natron, sand, and onions.
11. Plugging the head orifices and placing a cloth with drawn eyes over the deceased’s eyes, along with makeup on the face.
12. Anointing the body with aromatic oils to give it an appealing appearance and scent.
13. Sealing the body with liquid resin.
14. Wrapping.
Figure 6. Mummy of Tiye, wife of Amenhotep III and grandmother of Tutankhamun, XVIII Dynasty. Photograph: Kenneth Garrett for National Geographic.
Not everyone could afford this process, so depending on the individual's financial status, all or only part of these steps would be carried out (fig. 7).
Figure 7. Mummy of Pharaoh Seti I (1323-1279 BC). Photograph: G. Elliot Smith.
Mummies from Swamps and Peat Bogs
Few swamps have the conditions necessary for a body to be preserved (Renfrew and Bahn, 2007: 60s). These conditions are: low temperatures that minimize bacterial action preventing decomposition; absence of oxygen which slows or halts postmortem bacterial activity; humic acid, a substance derived from sphagnum moss in swamps after chemical processes, which prevents bacteria from acting and rotting the skin, giving these mummies their characteristic dark color as if they were tanned leather (Pringle, 2002: 103s). (Fig. 8) The conjunction of these factors allows for such extraordinary preservation that we can even know what was the last meal ingested before death. Thus it is no surprise that workers in that Danish peat bog mistook an ancient mummy for a recent crime scene. This was not an isolated case, as there are records of churches where funerals have been documented for other bodies found under similar circumstances (Grilletto, 1989: 102).
Figure 8. The Neu Versen Man or "Red Franz" (135-385 cal AD). Photograph: Robert Clark.
But why have more than 2,000 mummified bodies been found in swamps and peat bogs? Men, women, and sometimes children have been found there. Anthropological and paleopathological analyses of these bodies have determined that they suffered violent deaths. From the study of perimortem and postmortem injuries we know that many were hanged, bled to death, or drowned. Others also had their limbs broken or their heads crushed. The Tollund Man, the Grauballe Man, the Windeby Girl (41 cal BP-118 cal AD) (Gebühr, 2002: 47), and the Neu Versen Man (known as "Red Franz") (135-385 cal AD) (van der Plicht et al., 2004: 483s) are some named examples of these violent deaths (fig. 9).
Figure 9. Windeby Girl (41 cal BP-118 cal AD), found in northern Germany in 1952. Photograph: Stiftung Schleswig-Holsteinische Landesmuseen.
Thus, we know that the Tollund Man (405–380 cal BC) (Nielsen et al., 2018) was strangled by being hanged from a tree but his neck was not broken (fig. 10). He is surrounded by a braided cord of two strands with which he was hanged. Care was taken when depositing him in the swamp after death, closing his eyes and mouth, and placing him as if sleeping (fig. 11). Even today he continues to sleep peacefully in his eternal slumber (fig. 12). The Grauballe Man (400-200 cal BC.) had a deep cut across his neck from ear to ear that reached the vertebrae. He also has skull fractures and a left tibia fracture, caused by blows with a blunt object (Grilletto 1989, 105). We can also observe bone decalcification due to sphagnan, humic acid, and transient compounds between them, which causes human bones to soften, deforming under the weight of peat (Pringle, 2002: 103s). This is most noticeable in his skull, deformed by the weight of the ground covering it (fig. 13) (Haywood, 2016).
Figure 10. Recreation of the ceremony in which the Tollund Man was hanged. Illustration: Niels Bach for the Museum Silkeborg.
Why they died and how they ended up in these swamps and peat bogs will be questions answered in future publications.
Figure 11. Tollund Man. Detail of the cord with which he was strangled. Photograph: Lennart Larsen.
Figure 12. Tollund Man. Detail of the face. Photograph: Robert Clark for National Geographic.
Figure 13. Grauballe Man (400-200 cal BC.) newly discovered. The deformation of the skull due to decalcification and weight of peat is visible. Photograph: P.V. Glob.
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